'Thaïs', morbosa pendulación entre el placer y el ascetismo
Publicado en el periódico La Provincia, 01-04-2008

Guillermo García-Alcalde
Calurosa acogida tuvo el domingo el estreno de la producción de Thaïs que Amigos Canarios de la Ópera han realizado para debutar el título en el Teatro Pérez Galdós. Las reservas ante un texto esotérico y una música generalmente desconocida (salvo la célebre Meditación del segundo acto) fueron diluyéndose hasta un final muy celebrado en aplausos y bravos. Massenet, gran melodista, concreta aquí muy pocas melodías operísticas en sentido estricto y se deja impregnar de un regusto orientalista de perfiles abiertos, con interesantes ideas interválicas y una extensión de la tonalidad que explica el massenetismo del primer Debussy. Muy trabajada, como de costumbre, la orquesta tiene protagonismo en toda la obra y construye con frecuencia los climas teatrales. El blando lirismo y la voluptuosidad lánguida del melos de Massenet colorean el conjunto con una imagen sonora menos empalagosa que la de títulos más populares. Entre las concesiones al público mundano de París -la música insustancial del ballet, por ejemplo- y el esfuerzo por concluir un producto artísticamente serio, pendula la inspiración de la obra como híbrido característico de la crisis finisecular del XIX.
Mario Pontiggia ha creado y dirigido una dramaturgia no menos híbrida. Los decorados de las diversas escenas no guardan unidad estética pero basan su efecto en un esteticismo hierático y frío. Tampoco hay unidad de tiempo y espacio, que han pasado a ser parámetros menores entre los escenógrafos actuales. En el tremendo lío del amor carnal y el amor espiritual -como si no fuesen indivisibles en la mística de Eros que la protagonista trata de justificar sin éxito-, la redención y la culpa, la ascesis y el deseo, Pontiggia se muestra más condicionado por el pecado que por el placer, como si el peso de la conciencia fuese más teatral que los deleites del mundo. A lo mejor lo es, pero el elemento perverso no queda suficiente subrayado en la bacanal del primer acto, rígida a la vista si no fuese por el magnífico crepúsculo sobre el mar del iluminador Eduardo Bravo; ni en la alcoba de Thaïs del segundo acto, bastante más fúnebre que sensual. El resto son desiertos y monasterios, muy eficaces como prisiones del cuerpo y a veces del alma.
Olga Santana ha entrenado perfectamente a las voces masculinas del coro, y a las femeninas, para subrayar la solemnidad de los dos claustros. En la escena frívola, otra vez rígida con el Faro de Alejandría como referente casi único, son los bailarines quienes dan la máxima nota, y muy especialmente los dos solistas Giuseppe Picone y Myrna Kamara, de un virtuosismo espectacular en la muy difícil coreografía de Roberto Zanella. Tal como suele, Pontiggia coloca y mueve muy bien los colectivos humanos en escena.
La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria da un importante nivel de empaste, redondez y precisión colorista, impecablemente dirigida por Eric Hull, expertísimo concertador. La concertino Mariana Abacioae canta excepcionalmente la Meditación, momento que, por la belleza del tema y la emotiva musicalidad de la intérprete, hace subir de golpe la temperatura de la función. Justamente, Abacioae sale al final a escena para recibir un aplauso atronador.
La soprano albanesa Inva Mula debuta en Las Palmas y en el rol de Thaïs. Su voz lírica, de cuerpo lleno y carnoso, es muy bella en toda la tesitura hasta el inicio del registro agudo. Más arriba se sirve de filados no muy transparentes o destempla si emite a voz las grandes alturas. Pero es de las voces que van calentando y mejorando, avalada en todo momento por una expresividad cálida de la mejor ley. Junto a ella, el barítono Ángel Odena construye un Athanael casi perfecto por la rotunda vocalidad, el denso dramatismo y la generosa entrega. Las ovaciones para él fueron de lujo. Excelentes Carmen Esteve y Stefano Palatchi, muy celebrados también al final. De plena solvencia en sus pequeños papeles Emiliya Boteva, Elisa Vélez, María José Suárez, Francisco Navarro y Airam de Acosta. E insuficiente el tenor Ricardo Bernal.
|
|